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De acuerdo a analistas, Trump se ve acorralado por la cada vez más punzante idea de que Rusia en efecto tuvo ingerencia en su equipo de campaña y han sugerido que el caso se parece al Waterwate que derivó en la renuncia de Richard Nixon a la presidencia de EU en 1974 / Foto Internet

El Rusiagate pone a temblar a Trump

Comité de Inteligencia del Senado obliga al general Flynn, ex asesor de Trump, a entregar los documentos de sus contactos con el Kremlin y empresas rusas
El País
Washington.- El teniente general Michael Flynn vive cercado. El destituido consejero de Seguridad Nacional ha sido citado por el Comité de Inteligencia del Senado para que entregue todos los documentos que le vinculan con Rusia. Entre ellos figura la lista de sus posibles posesiones y bienes en aquel país así como los registros, grabaciones y anotaciones de sus reuniones con funcionarios rusos entre el 16 de junio de 2015, fecha del arranque de la campaña de Donald Trump, hasta su investidura el pasado 20 de enero.
La requisitoria del poderoso comité es de cumplimiento obligado y llega después de que Flynn se negase voluntariamente a entregar la información. Junto a Flynn han sido citados otros antiguos asesores electorales de Trump, como su amigo y consejero en relaciones internacionales Carter Page. La investigación, que corre paralela a la que lleva el FBI y otro comité de la Cámara de Representantes, trata de dilucidar si el equipo de campaña del presidente se coordinó con el Kremlin en sus ataques a la demócrata Hillary Clinton.
Aunque aún no se ha hallado ninguna prueba definitiva, la densidad de los contactos entre los hombres de Trump y Moscú es de tal magnitud que las sospechas no han dejado de crecer. El caso más avanzado corresponde a Flynn. El antiguo general dirigió entre 2012 y 2014 la Agencia de Inteligencia de la Defensa. Tras ser despedido por su carácter tiránico, se lanzó a tareas de asesoramiento en el mercado ruso, donde alcanzó tal grado de penetración que llegó a compartir mantel con el presidente Vladímir Putin.
El ahora exdirector del FBI, James Comey, cesado por Trump, era hasta hace unas horas el máximo responsable de una investigación que puede desencadenar graves repercusiones políticas y estratégicas para Trump: la que estudia la relación —cada vez más evidente— entre su candidatura a la presidencia de EU y el Gobierno de Rusia.
Resulta sintomático el adjetivo de nixoniana con que el senador demócrata Bob Casey ha calificado la destitución del director del FBI, toda vez que el ex presidente Richard Nixon fulminó al funcionario encargado de investigar irregularidades en la elección presidencial de 1968. El resto es historia. El Watergate fulminó a Nixon, quien terminó dimitiendo.
Trump bromea con el general Flyn antes de que se destapase que éste tuvo pláticas con ejecutivos públicos y privados rusos antes de las elecciones de noviembre, que derivaron en su salida del círculo presiencial / Foto Internet
Trump, un admirador de los militares con experiencia en el campo de batalla, enroló a Flynn como asesor. Islamófobo y disruptivo Flynn pronto se hizo un lugar en el círculo íntimo del candidato republicano, a la par que el futuro fiscal general, Jeff Sessions, y el actual estratega jefe, Steve Bannon. Tras la victoria, fue premiado con el puesto de consejero de Seguridad Nacional, un cargo con acceso a los mayores secretos de Estado.
En el cargo sólo duró 24 días. El 13 de febrero tuvo que dimitir al descubrirse que había mentido sobre el contenido de sus reuniones con el embajador ruso en Washington, Sergei Kislyak. Ante el vicepresidente y la opinión pública había negado que, un mes antes de llegar al poder, hubiese tratado con el legado las sanciones impuestas por Obama al Kremlin por su cibercampaña contra Clinton. Pero su conversación con Kislyak fue grabada por los servicios de inteligencia y llegó a la entonces fiscal general en funciones, Sally Kates, quien alertó a la Casa Blanca de que Flynn estaba engañando y que por ello era susceptible de chantaje por los rusos.
Desde entonces, Flynn no ha dejado de hundirse. Se ha descubierto que carecía de los permisos pertinente para recibir pagos de empresas rusas e incluso que ejerció de lobista para una compañía cercana al Gobierno turco sin tener licencia para ello.
Asustado por el cariz que tomaban las investigaciones, Flynn intentó hace un mes lograr la inmunidad a cambio de declarar voluntariamente. La petición fue rechazada. Y ahora ha de entregar los documentos.
La decisión de exigir los datos bajo mandato fue adoptada después de que se agotase este martes el plazo para facilitarlos voluntariamente. Y justo coincidió en el tiempo con la decisión de Trump de despedir al director del FBI, James Comey, que tenía a su cargo la investigación más amplia y avanzada sobre la trama rusa. Caído Comey, muchos demócratas ven en los comités del Senado y la Cámara de Representantes el único camino posible para dilucidar la verdad.
Es un hecho que Estados Unidos se enfrenta a sus propios demonios. El presidente ha forzado hasta límites insospechados el tejido institucional al destituir a Comey.
La abrupta maniobra levantó inmediatas sospechas. “La decisión del presidente de despedir al hombre que está a cargo de investigar la colusión con Rusia despierta la pregunta de si la Casa Blanca no está interfiriendo en una investigación criminal”, afirmó el congresista Adam B. Schiff, líder demócrata en el Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes.
Otro punto negro fue el descubrimiento, negado por la Casa Blanca, de que Comey, lejos de arredrarse ante las presiones, había solicitado la semana pasada un notable incremento de personal y recursos para la investigación, documentaron The New York Times y The Washington Post.
Toda esta carga agudizó la sensación de crisis institucional en Washington. Deteriorada la confianza en el presidente y ante el riesgo de que el despido fuese utilizado para neutralizar el caso, los demócratas pidieron el nombramiento de un fiscal independiente o de un comité especial que blindase las pesquisas.
La solicitud fue respaldada por unos pocos republicanos, entre ellos, el excandidato presidencial John McCain, y el presidente del Comité de Inteligencia del Senado, Ricard Burr.
Trump, como ya es habitual, reaccionó y fue más lejos.
En un compulsivo chorro de tuits primero atacó a los demócratas por su cinismo al defender al Comey. Y luego sacó el puñal contra el caído. Auguró que le sustituiría alguien que “haría un trabajo mucho mejor” y recordó que el director del FBI había perdido la confianza de “casi todos en Washington”. “Cuando las cosas se calmen, me lo agradecerán”, afirmó, no sin antes retuitear un reportaje de la publicación sensacionalista Drudge Report sobre los escándalos de la era Comey.
De poco sirvieron los aspavientos. Las dudas sobre la trama rusa persisten y la certidumbre de que Moscú intervino en las elecciones a favor del republicano y de que su entorno mantuvo estrechas relaciones con el Kremlin pesan mucho más que el juego sucio del presidente. Los próximos pasos serán determinantes para establecer el perímetro de la crisis. Si el elegido para sustituir a Comey liquida la investigación, el escándalo ya será imparable y Estados Unidos tendrá que hacer frente a un sísmo político de magnitud desconocida.

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